Sobre Perú Libre

24.03.2026

Hace cinco años, mis amigos y yo estábamos por iniciar el cuarto año de la carrera y era, coincidentemente, la primera vez que muchos de nosotros emitíamos nuestro voto para presidente. Éramos jóvenes, y hay una manera de ser joven que consiste en creer que el voto todavía puede cambiar el rumbo de las cosas. Una característica propia nuestra era optar por una opción que fuese el parachoques, por lo menos en mínimos términos, al neoliberalismo. Eran años en los que la formación política era nuestro horizonte y, más aún, la coherencia doctrinaria, aunque eso implicara elegir a un candidato sin muchas posibilidades de disputar la segunda vuelta.

La izquierda institucionalista —a la que muchos denominan como los caviares—, aquella que ya habíamos visto pasar por el parlamento y por áreas del gobierno, no nos resultaba simpática. Era ya conocido que, mientras en las plazas, barrios populares y tribunas públicas sostenían un discurso contestatario al modelo económico, sus vínculos y convergencias en la agenda ideológica y política tanto con la embajada norteamericana como la CONFIEP y la Sociedad Nacional de Industrias hacían prever que, si ellos llegaban a Palacio, seríamos testigos de una nueva versión de Humala.

¿Quién, entonces, podría acoger los postulados ideológicos de un grupo de jóvenes que, como muchos, esperaban una alternativa capaz de asumir una agenda de cambio popular? Ese partido fue Perú Libre. A diferencia de la izquierda convencional, Perú Libre no tenía su centro en Lima ni sus principales cuadros provenían de ONG o del Estado. Su núcleo era regional, con bases en el empresariado pequeño e intermedio , el campesinado y la clase obrera, como señaló Juan Pablo Rojas. Su discurso no se limitaba a una crítica estética al neoliberalismo: proponía una asamblea constituyente, la nacionalización de recursos estratégicos y un programa que promovía, por lo menos, una ruptura con el modelo económico. Para nosotros, que buscábamos una alternativa capaz de asumir una agenda de cambio popular sin los amarres de la institucionalidad tradicional, representaba algo cualitativamente distinto.

No obstante, la expectativa que despertó pronto comenzó a disolverse frente al ejercicio del poder. El partido que había emergido como una alternativa con mínimos elementos antineoliberales terminó priorizando la preservación de una cuota de poder antes que la construcción de una verdadera alternativa. La retórica transformativa fue desplazada por la necesidad de supervivencia política en el parlamento y en algunos espacios del gobierno, inaugurando un proceso de adaptación progresiva.

Perú Libre fue moderando su discurso y sus prácticas hasta converger, en la arena legislativa, con sectores políticos que históricamente habían defendido el orden económico vigente. Las coincidencias coyunturales dejaron de ser excepciones tácticas para convertirse en una conducta recurrente: votaciones compartidas, silencios estratégicos y negociaciones que lo alinearon con fuerzas como Podemos Perú, Alianza para el Progreso, Fuerza Popular, Acción Popular y Somos Perú. Lo anterior puede explicarse, en parte, porque dentro del partido coexisten sectores sociales beneficiados por la acumulación de capital surgida tras las reformas de los años noventa.

De este modo, el partido que había sido percibido como una expresión contestataria terminó entendiendo y adaptándose a los márgenes de los sectores conservadores. La radicalidad discursiva fue sustituida por un pragmatismo orientado a la administración del poder, y la crítica al

neoliberalismo quedó reducida a una retórica cada vez más desvinculada al programa original. La decepción, entonces, provino de una transformación más profunda: la constatación de que incluso los proyectos políticos que nacen como alternativa pueden terminar absorbidos por las dinámicas que prometieron superar. Para quienes habíamos depositado en él una expectativa generacional de cambio, el desenlace no solo significó una derrota política, sino también una lección temprana sobre los límites reales de la representación y las tensiones entre ideología y poder.

Esta asimilación al orden vigente no fue gratuita. El repliegue de Perú Libre hacia los intereses de los sectores que antes criticaba, sumado a la ambivalencia constante de Pedro Castillo que nunca terminó de definirse ni de liderar con claridad el rumbo que había prometido erosionó la credibilidad de aquella apuesta que, para muchos, representaba la posibilidad de un cambio real. La coherencia doctrinaria que había dado sentido a aquel entusiasmo inicial se desdibujó hasta volverse irreconocible, y con ella se desvaneció también la certeza de que existiera un proyecto político capaz de encarnar las demandas populares sin terminar absorbido por las lógicas del poder establecido.

¿Y qué pasó con mi grupo de amigos? Algunos hacen campaña por partidos de centro, y hablan de "gobernabilidad" con una naturalidad que les habría dado desconfianza años atrás.. Otro vive de la música, de vez en cuando sube una historia tocando en algún bar o coliseo Otro sostiene un negocio familiar. Algunos cambiaron la militancia por la estabilidad profesional. Con otros, los que todavía creen que las palabras y los espacios de difusión pueden hacer algo, empujamos este proyecto llamado Leviatán De varios ya no sé nada; supongo que andarán por ahí, con sus vidas.

Y yo —bueno— todavía no decido mi voto.

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